sábado, 14 de abril de 2018

EN PROVECHO MUTUO

  Se dice que las Artes Marciales (por supuesto bien entendidas y aplicadas) conducen a su perfeccionamiento mental, moral y espiritual. Considerando que, además y por supuesto, proporcionan un poderoso desarrollo de las facultades físicas, parece que no se les puede pedir más.
  Pero seamos lógicos; absoluta, total y fríamente lógicos: ¿cómo podemos pretender que unas "artes" destinadas a causar daño físico e incluso la muerte puedan, al mismo tiempo, proporcionar nada menos que desarrollo mental, moral y espiritual?
  Atendamos una breve historia que, según me aseguran, es verídica.
  Esta es la historia:



  Un hombre viejo, menudo, de aspecto inofensivo a más no poder, recorre un día un solitario camino en el que, de pronto, aparece un gigantesco mocetón, cuyo tamaño es por lo menos el triple del anciano, y cuyo poderío físico es diez veces mayor.
  En determinado momento, ambos se detienen frente a frente, en el estrecho camino.
   - Apártate, anciano, o te aparto yo con mis puños -exige el joven.
   - Tu falta de cortesía me apena, joven amigo. ¿No tienes en cuenta mi edad? Por respeto, deberías cederme el paso, pero ya veo que no piensas hacerlo. Y yo, por principios, no tengo la menor intención de apartarme.


   - Entonces, prepárate a recibir el golpe. Podría matarte con él, pero me divertirá más dejarte vivo, para que durante el resto de tu vida te pongas a temblar cada vez que me recuerdes. ¿Insistes en no apartarte?
   - Insisto. 
   - Entonces, prepárate.
   - Estoy preparado, y aceptaré las consecuencias de mi decisión. Lo que siento es que no tendré la menor oportunidad de devolverte ese golpe.
   - Por eso no te preocupes -sonrió el joven-: pega tú primero, y así quedarás en paz. Golpe por golpe.
   - Te lo agradezco mucho -se inclinó el anciano.
  Luego, con la punta de los dedos de la mano izquierda, dio un suave golpecito en cierta parte del abdomen del joven. Este se echó a reír.
   - ¿Ya estás satisfecho, anciano?
   - Sí, gracias. ¿Cómo te llamas?
   - Honto. ¿Y tú?
   - Yo soy Inoku, y vivo en la aldea que tengo a mi espalda.
   - Muy bien. Se acabó la charla, viejo descarado. ¡Ahí va eso!
  El golpe de Honto fue espantoso, y el viejo Inoku salió del camino volando. Cuando recuperó el conocimiento, prosiguió su ruta, dispuesto a terminar sus cometidos de aquel día, pese a lo maltrecho que había quedado.
  Dos semanas más tarde, un hombre apareció por la aldea, buscando al viejo Inoku, al que encontró en su choza.
   - Soy amigo de Honto, quien me ha dicho que te encontraría aquí, noble anciano. Honto está muy enfermo, se está muriendo... Y sabe que lo has matado tú.
   - ¿Yo? -sonrió maliciosamente Inoku- ¡Qué absurdo!
   - No es absurdo. Los dos lo sabemos. Y tú también. El día que le golpeaste en el camino, pusiste en su cuerpo la muerte lenta. Honto no sintió dolor entonces, pero ahora se está muriendo. ¿No quieres perdonarlo?
   - Lo haré por esta vez -aceptó el anciano-. Vuelve con él y hazle kuatsu en la planta del pie izquierdo. Se repondrá muy pronto. Espero que haya aprendido la lección.




  Repito la pregunta anterior: ¿cómo podemos pretender que unas "artes" destinadas a causar daño físico e incluso la muerte puedan, al mismo tiempo, proporcionar nada menos que desarrollo mental, moral y espiritual?
  Para mí está clarísimo: un practicante de Artes Marciales sabe con cuanta facilidad se puede lastimar e incluso matar a otra u otras personas; consecuentemente, sabe con cuánta facilidad pueden dañarlo e incluso matarlo a él. Y tras alcanzar esta facilísima revelación haría falta ser verdaderamente bruto y estúpido para no ser víctima de la perplejidad, comenzar a hacerse preguntas, y, de modo tal vez remoto, como inadvertido, pero del todo inevitable, desarrollar un respeto por la Vida. Que acepte la muerte con valor y dignidad, que no tema a nada, que prefiera morir a vivir despreciándose a sí mismo, son cuestiones a discutir aparte y largamente.

viernes, 16 de marzo de 2018

LA MARAVILLOSA TÉCNICA DEL VIEJO GATO (NEKO NO MYOJITSU)

Había una vez un practicante de sable llamado Shoken. Su casa estaba asediada por una enorme rata que andaba libremente por toda la casa, incluso durante el día. El gato que tenía Shoken en la casa no pudo con la rata y huyó aterrorizado después de haber resultado gravemente herido. Shoken se hizo con varios gatos del lugar para luchar en grupo contra la rata. Los soltó en la casa y los gatos fueron a por la rata, que se agazapó en una esquina de la habitación esperándolos. La rata arremetió ferozmente contra todos los gatos, uno tras otro, ahuyentándolos a todos.

Disgustado por el lamentable fracaso de todos los gatos, el maestro decidió despachar a la rata con su espada. A pesar de su habilidad con el sable, no pudo alcanzar a la rata; el animal daba grandes saltos por el aire, se movía a la velocidad de la luz y saltaba descaradamente por encima de la cabeza del maestro de sable. Shoken desistió, exasperado, y decidió buscar la ayuda del “increíble viejo gato” de un pueblo vecino.

Cuando su dueño llevó al “viejo gato” a la casa de Shoken, este se sorprendió porque parecía un gato mayor, normal y corriente. Sin embargo dijo: “Vamos a intentarlo”, y soltó al gato en la habitación donde la rata estaba instalada. Tan pronto como vio acercarse al gato, la rata se quedó paralizada. El gato, con toda tranquilidad, se acercó caminando, agarró a la rata por el cuello, la sacó de la habitación y se la llevó a Shoken.


Esa noche, los otros gatos se reunieron y le dieron al “viejo gato” un asiento de honor. Le dijeron: “Somos famosos por nuestra destreza cazando ratas, podemos cazar incluso comadrejas y nutrias, y nuestras uñas están muy afiladas. Sin embargo, no pudimos hacer nada contra esa rata. ¿Cómo es posible que tu pudieras vencer a esa rata gigante? Por favor, cuéntanos los secretos de tu arte”.

El viejo gato se rió y dijo: “Bueno, todavía sois jóvenes y, aunque poséis experiencia en luchar contra ratas, todavía tenéis  mucho que aprender. Pero antes de que yo os cuente, habladme vosotros de vuestra formación”.

Un gato negro se adelantó y dijo: “Yo crecí en una familia especializada en entrenar a gatos. Me enseñaron a saltar a más de dos metros, a escurrirme por diminutos agujeros y todo tipo de trucos acrobáticos. Era un experto en fingirme dormido y arremeter contra una rata tan pronto se acercaba. Las ratas no podían escaparse. Las atrapaba cuando se escapaban por las vigas del techo. Nunca me habían vencido hasta que me encontré con esa vieja rata.”

El viejo gato dijo: “Tu formación se ha centrado exclusivamente en la técnica. Solo piensas en atrapar a la rata. Los viejos maestros nos enseñaron métodos y movimientos para que pudiéramos desarrollar una buena técnica. Y hasta la técnica más simple contiene profundos principios. Te enfocas demasiado en la técnica externa. Eso te hace dudar de las tradiciones de los maestros y que te inventes nuevos trucos. Pero si confías demasiado en la técnica, antes  o después llegarás a un punto muerto porque la técnica física tiene un límite. Reflexiona bien sobre ello.”

Después, el gato atigrado se adelantó y dijo: “Yo creo que es muy importante desarrollar el ki (la fuerza vital). Yo he perfeccionado mi ki durante años; mi espíritu es muy fuerte y llena el cielo y la tierra. Yo me enfrentaba a mis adversarios con mi ki aplastante y los vencía desde el principio. Podía responder inmediatamente a cualquier estímulo, a cualquier movimiento. No necesitaba pensar; las técnicas surgían de forma natural. Podía paralizar a una rata corriendo por una viga y hacer que se cayera al suelo. Pero esa vieja rata llegó sin una forma y no dejó ni rastro. Me quedé totalmente frustrado.”

El viejo gato respondió: “El poder ki que tú utilizas es aún una función de tu propia mente y, por lo tanto, depende demasiado de ti. Se basa totalmente en tu nivel de confianza en ti mismo. Mientras estés consciente de tu poder ki y lo utilices mentalmente para vencer a tu oponente, estarás creando resistencia. Y, con seguridad, te encontrarás con un oponente cuyo poder ki sea aún más fuerte que el tuyo. Puedes pensar que tu poder ki llena el universo al igual que el kozen no ki (energía universal) que enseñaba el sabio chino Mencio, pero no es así. En el caso de Mencio, su ki es brillante y vigoroso. Utiliza su poder ki como un gran río; tú lo utilizas como una inundación momentánea. Todos conocemos el proverbio “un gato que muerde acaba siendo mordido por la rata”. Cuando una rata está acorralada se olvida de la vida, se olvida de los deseos, se olvida de ganar o perder, se olvida del cuerpo y de la mente. Esa fuerza es tan fuerte como el acero y no puede vencerse solo por el poder del ki.”


Después, un gato gris mayor avanzó despacio y dijo: “Como has dicho, este tipo de ki puede ser muy fuerte pero sigue teniendo cierto aspecto, aunque sea mínimo, que puede utilizarse en tu contra. Yo, por mi parte, durante muchos años he estado purificando mi corazón. No dependo solo del poder ki; nunca albergo pensamientos de lucha con un oponente y siempre intento ponerme en armonía con el ataque. Cuando mi oponente es fuerte, yo me acoplo y sigo sus movimientos. Mi técnica es como una cortina que recibe y deja caer al suelo una piedra que ha sido lanzada contra ella. Hasta ahora, ni la rata más fuerte ha podido encontrar un lugar para entrar a atacarme. Pero esta rata era increíble; ni el poder de ki, ni el poder de la armonización la afectaron lo más mínimo.”

El viejo gato contestó: “Tu poder de armonización no el poder de armonización de la naturaleza. Es una proyección de tu propia mente y, por ello, es limitado. Cualquier rastro de pensamiento consciente destruye tu equilibrio, y un oponente astuto aprovechará ese momento con rapidez. El pensamiento es un obstáculo para la naturaleza y dificulta su auténtico funcionamiento. No pienses, no actúes; sigue los movimientos de la naturaleza y el yo desaparecerá. Sin un yo, no habrá nadie que se oponga a ti en el cielo ni en la tierra.”

“No es mi intención desechar vuestro duro entrenamiento como si no sirviera de nada. “El Camino tiene muchos recipientes”. Las técnicas contienen los principios universales. El poder ki hace que el cuerpo funcione y da vida al cosmos. El poder armonizador hace posible que os podáis fundir de forma natural con cualquier fuerza que os ataque, incluso si es una roca, sin que se rompa.”

“Sin embargo, tan pronto como hay el más mínimo pensamiento consciente, el artificio y la premeditación aparecen, y eso os separa del Camino natural. Concebís a los demás como entidades separadas de vosotros mismos, como si fueran oponentes. Si me preguntáis qué técnica empleo, la respuesta es “mushin (no-mente)”. Mushin es actuar de acuerdo con la naturaleza, nada más. El Camino no tiene límites, así que no penséis que esta charla mía es el secreto final.

“Hace mucho tiempo, había un gato en mi vecindario que parecía que no hacía más que sestear todo el día. Parecía sin energía, casi como si estuviera hecho de madera, pero por donde estaba o a donde iba ninguna rata se atrevía a aparecer. Una vez fui a visitarlo y le pedí que me explicara la razón. Le pregunté cuatro veces pero permaneció en silencio. No era que no quisiera responder sino que no sabía cómo responder. Como dice el viejo dicho: “Los que saben, no hablan; los que hablan, no saben”. Ese gato se olvidó de sí mismo, se olvidó de los objetos y vivía en un estado en el que no perseguía nada. Ese gato representaba la divina virtud marcial de “no-matar”. Yo todavía no estoy a la altura de ese gato”.



Shoken, que había estado escuchando a escondidas esta conversación irreal, no puedo contenerse por más tiempo e irrumpió en la habitación. “Me he estado formando en el arte del sable durante muchos años, pero todavía no he llegado a su esencia. Esta noche he oído hablar de distintas formas de entrenamiento y he aprendido mucho sobre mi propio Camino del sable. Por favor, enséñame tus secretos más escondidos.”

El viejo gato respondió: “No puedo hacer eso. Soy solo un animal que caza ratas para comer. ¿Qué se yo de los asuntos humanos? Sin embargo, te puedo decir una cosa. El arte del sable no es solo cuestión de alcanzar la victoria sobre un oponente. En el momento crucial es el arte de la iluminación de la vida y de la muerte. Un samurái tiene que cultivar esta actitud mental y disciplinarse en ese espíritu. Adéntrate en el principio de la vida y la muerte, antes que nada, y mantén ese espíritu. Entonces, no habrá dudas, ni pensamientos que te distraigan, ni cálculos, ni deliberaciones. Tu espíritu permanecerá en paz y en calma, sin obstáculos, respondiendo libremente a cualquier contingencia. Por el contrario, si existe el más mínimo objeto en tu mente, habrá un yo, habrá un enemigo, habrá oposición, habrá pérdida de libertad. ¿Cómo puedes enfrentarte a un oponente en ese estado? Incluso si vences, será una victoria superficial, no será una demostración del verdadero arte del sable. No tener un propósito no es un estado vacío. No tiene forma, no contiene ningún objeto. Si existe algo, el pode ki se concentrará a su alrededor. El poder ki entonces se contrae y el movimiento entorpece, se desequilibra, se descontrola. Lo que yo llamo “no tener un propósito”, no contiene nada, no confía en nada, no hay enemigo, no hay yo; responde a todo naturalmente sin dejar rastro.

“El I Ching afirma: “Sin pensamientos, sin acciones, de forma natural, el Camino se activa a sí mismo a través del universo”. Los maestros del sable que entienden este principio están cerca del Camino.”

Shoken preguntó: “¿Qué quiere decir que no hay enemigo, “que no hay yo”?. El viejo gato respondió: “Debido a que hay un yo, hay un enemigo. Si no hay un yo, no hay enemigo. “Enemigo” es aquello que está en oposición; el tipo de oposición que parece externa en el yin y el yang, en el fuego y el agua. Cada objeto con forma tiene su opuesto. Cuando la mente no tiene forma, no hay nada que se le oponga. Cuando no hay oposición, no hay nada contra lo que luchar. Esto se llama “no enemigo, no yo”. Cuando el yo y los objetos se olvidan, hay un estado natural de no-actividad, de ausencia de conflicto, de unidad. La forma del enemigo ha desaparecido y tú no sabes nada. Esto no es lo mismo que no ser consciente de las cosas; significa que no hay un pensamiento calculador y que hay una respuesta natural inmediata. Una mente así no tiene obstáculos y es libre, con lo que el mundo se convierte en tu dominio. Conceptos abstractos como “esto”, “eso”, “gustar” y “disgustar”, desaparecen. “Placer y dolor, ganar y perder” son igualmente creaciones de tu mente. Todo lo que hay en la tierra y el cielo no debe buscarse fuera de nuestra propia mente.

“Un antiguo hombre ilustre dijo una vez: “Una sola mota de polvo en el ojo puede hacer que los tres mundos parezcan muy limitados; ¡libera tu mente y tu vida de obstáculos!”. Cuando tienes una mota de polvo en el ojo, casi no puedes abrirlo y es difícil ver algo. Cuando algo es brillante por naturaleza es contaminado por un objeto del exterior, pierde su claridad. Lo mismo ocurre con la mente.”

“Otro anciano dijo: “Cercado por miles de enemigos, tu cuerpo puede llegar a ser hecho pedazos, pero tu mente es tuya y nunca puede ser vencida”.
Confucio dijo: “Ni el más ruin de los seres humanos puede ser privado de su propia voluntad”. Cuando te dejas llevar por falsas ilusiones, tu propia mente se convierte en tu enemigo.


“Me gustaría dejar de hablar ahora. Ahora depende de vosotros. Un maestro puede transmitir técnicas y aportar luz a los principios que están tras ellas, pero nada más. La verdad tiene que alcanzarse individualmente. Esto es la autorrealización. Se llama “transmisión de mente a mente” y “una transmisión distinta que no está en los textos”. Aunque las enseñanzas no dependen de la tradición, utilizan la tradición, pero aun así un maestro no puede enseñarlo todo. Esto no se limita al estudio del zen. Desde los métodos de formación espiritual de los antiguos sabios a las obras de arte creadas por artistas, todo ello se basa en la autorrealización y en la transmisión instantánea de mente a mente; una enseñanza que no está en los textos. Los textos te enseñan lo que tienes dentro y te ayudan a alcanzarlo por ti mismo, como algo tuyo. Un maestro realmente no te da nada. Es fácil hablar, y es fácil escuchar, pero es difícil percibir estas cosas y hacerlas verdaderamente tuyas. Esto se llama kensho (“ver dentro de nuestra propia naturaleza”) y satori (iluminación). Satori es despertar del sueño de la ilusión. Es lo mismo que tener una profunda conciencia de las cosas”.

Leyenda japonesa.

lunes, 28 de noviembre de 2016

LAS FLORES DEL SAMURAI

La estirpe samurái de los Sagada llevaba siglos dominando la ciudad japonesa de Sendai. La sangre de esta familia guerrera se había derramado mil y una vez para defender su feudo; hasta ahora nadie había logrado invadirlo. Seikichi Sagada, 10º descendiente de esta ilustre y legendaria estirpe, era especialmente temido en muchas leguas a la redonda por su ferocidad, valentía y extraordinaria habilidad en combate. Sus hazañas eran recitadas por músicos y comediantes a lo largo y ancho de las islas niponas. Tal era su fama que no pasaba una semana sin que algún ronin (samurái itinerante) u otro guerrero llegara a su ciudad con objeto de retarle; ninguno regresó vivo de tal osadía.



Pero Sagada no era tan sólo un terrible luchador, también era poeta y filósofo. Con los años se fue introduciendo en la filosofía Zen y cada vez le repugnaba más empuñar la katana y verter sangre. Cuando alcanzó la edad de 60 años, decidió abandonar las armas, el poder (que delegó en su hijo mayor Tokisei) y retirarse a una vida de sosiego y meditación, lejos de los regueros de sangre que invariablemente teñía la tierra de su feudo. Así es como un día se afeitó el cráneo, se enfundó una simple túnica, unas sandalias y desapareció en el horizonte.


Coincidió con una época de relativa paz entre los belicosos daimios (señores feudales) japoneses, por lo que los samuráis, al carecer de batallas en las que forjar su espíritu guerrero, se dedicaban a provocar duelos a diestro y siniestro para poner a prueba el temple de su katana.  Mochi Kanden era uno de estos jóvenes samuráis que vagaban por toda la geografía insular en busca de retos que dieran brillo a su nombre. Se encontraba un día cabalgando por las duras montañas del norte, aterido por el frío, cuando se topó de frente con otro samurái aventurero.

-“Me llamo Mochi Kanden, hijo de Yasunari Kanden, del feudo de Nagasaki…” Gritó Mochi al desconocido. “¡Te reto a un duelo!”
- “Mi nombre es Nanto Yokozawa, hijo de Seishio Yokozawa, del feudo de Akita; me complacería aceptar tu reto pero mis designios son mucho más elevados. Llevo meses buscando al gran guerrero Seikichi Sagada para desafiarle, ahora sé que me hallo muy próximo a su lugar de retiro… Si insistes en probar el acero de mi katana primero deberás esperar a que derrote a Sagada.”

Mochi había escuchado desde su más tierna infancia las innumerables hazañas de Sagada por lo que, cuando supo que se hallaba cerca de su morada, sintió el irrefrenable deseo de retarle. Así, acordaron Mochi y Nanto que ambos buscarían a Sagada, le retarían y los supervivientes se retarían entre ellos.

Siguieron cabalgando, ascendiendo penosamente la ladera de la montaña hasta que avistaron una aldea. Allí preguntaron por la morada de Sagada y un pastor les respondió que se hallaba a medio día de marcha montaña arriba. “Yo me dirijo ahora hacia allá; si quieren pueden acompañarme.” Pero ambos samuráis tenían que respetar el protocolo de duelos y enviar un reto escrito al viejo guerrero. Se lo entregaron al pastor e hicieron noche en la aldea esperando la respuesta.

A la mañana siguiente regresó el pastor con la respuesta de Sagada: un ramo de flores silvestres. Nanto estalló en carcajadas y dijo: “Está claro que el viejo Sagada ya está senil o bien se ha vuelto un cobarde… ¡Un ramo de flores! Como si quisiera apaciguarnos. ¡Qué vergüenza! Una leyenda de la talla de Sagada arrastrándose a los pies de sus retadores, pidiendo perdón y clemencia con unas ridículas flores. Le haría el favor de segar limpiamente su deshonrada existencia, pero sería indigno desenfundar la katana ante un viejo tembloroso…” Nanto dejó de vociferar y jactarse cuando observó que Mochi, lívido como la muerte, miraba con ojos desorbitados el ramo de flores.


-“¿Qué ocurre?” Exclamó malhumorado.
-“Mira, hay que observar antes de hablar”. Respondió Mochi mostrándole el tallo de las flores: éstas habían sido cortadas con la katana. El corte era tan limpio y perfecto que pondría los pelos de punta a cualquier espadachín. El hombre que había cortado esas flores de tal tajo era sin duda invencible. Nadie, que se conociera, poseía tal habilidad.

Ambos samuráis montaron de nuevo sus caballos y descendieron cabizbajos la ladera de la montaña a la que jamás regresaron.


Desde aquel día, la fama del viejo Sagada creció. Todos empezaron a considerarle como invencible. Había llegado al nivel de ganar sin luchar. De hacerse entender sin hablar. De mostrar su habilidad sin necesidad de exhibiciones. De mantenerse en la vida del “Do” y la tradición, sin necesidad de matar…


domingo, 7 de agosto de 2016

SIN ARMAS

Una lección importante

Entre los maestros de karate que encontré esporádicamente, se contaba Matsumura, protagonista de la famosa historia en la que se relata cómo derrotó a otro experto karateka sin dar ni siquiera un golpe. La historia es tan popular que ya pertenece a la leyenda. Sin embargo, me gustaría repetirla aquí, pues es un magnífico ejemplo del verdadero significado del karate.


La historia comienza en el humilde taller de un artesano de Naha que se ganaba la vida grabando dibujos en objetos de uso diario. Aunque ya pasaba de los cuarenta años, conservaba todo el vigor de la juventud: tenía el cuello de un toro, el mentón prominente, la tez bronceada como el cobre y debajo de la manga corta de su kimono se podían apreciar unos músculos bien torneados. Aun tratándose de un modesto artesano, sin duda era un hombre a tener en consideración.
Un día entró en su tienda un personaje de aspecto totalmente distinto, pero en el que también se distinguía claramente el espíritu de un gran guerrero. Más joven que el grabador, no tendría más de treinta años, su apariencia física, aunque menos voluminosa que la de aquél, era asimismo imponente. Muy alto, mediría al menos 1,85 metros, su rasgo más notable eran los ojos: agudos y penetrantes como los de un águila. Sin embargo, cuando entró en el pequeño taller del artesano estaba pálido y parecía abatido.
Con voz apagada pidió que le grabara la cazoleta de su larga pipa.
Mientras sujetaba la pipa entre sus manos, el grabador le dijo, de forma muy educada, ya que su categoría social era claramente inferior a la del visitante: “Perdone, señor ¿no es usted Matsumura, el profesor de karate?”.
“Sí”, fue la lacónica respuesta. “¿Por qué?”.
“Bueno, sabía que no podía equivocarme. Desde hace mucho tiempo aguardo la oportunidad de entrenar con usted”.
Pero el joven replicó conciso: “Lo siento, pero ya no enseño karate”.
El grabador, sin embargo, insistió: “Usted enseña al mismísimo Hanshu (*). ¿No? Todo el mundo sabe que es el mejor instructor de karate de esas tierras”.
“Es cierto que le he enseñado”, contestó el joven amargamente, “pero no acostumbro a enseñar a otros. Y ahora mismo tampoco lo hago con él. A decir verdad”, se lamentó, “estoy hastiado, harto del karate”.
“No es posible”, exclamó el grabador. “¿Cómo es posible que un hombre de su talla pueda estar harto del karate?”.
“Me trae sin cuidado enseñar karate o no al Hanshu. Además, fue precisamente por tratar de enseñarle karate por lo que perdí mi empleo”, murmuró el joven.
“No comprendo”, dijo el grabador, “todo el mundo sabe que usted es el mejor instructor, y si ahora no le enseña, ¿quién lo hará? Seguramente nadie le podrá sustituir”
“Verdaderamente conseguí aquel puesto gracias a mi reputación. Pero el Hanshu era un mal alumno. Descuidaba perfeccionar su técnica, que a pesar de mis esfuerzos era muy tosca. Pude haberlo pasado por alto, pero, por el contrario, intenté mostrarle alguno de sus puntos débiles y le pedí que me atacara con todas sus fuerzas. Así lo hizo, lanzándome una patada a doble altura (Nidan geri). Era perfectamente capaz de realizar esta técnica, pero no es necesario decirle que sólo un novato abriría su guardia con una patada doble, al enfrentarse con un adversario que se sabe mucho más experto”.
“Decidí aprovecharme de su error y darle una lección de la que estaba muy necesitado. Como sabrá, un combate de karate es una cuestión de vida o muerte y una vez que has cometido un error es ya imposible de reparar. Pero él no debía saberlo todavía, así que, decidido a enseñarle esta verdad, bloqueé inmediatamente su doble patada con el canto de mi mano y lo lancé por los aires. Pero antes de que chocara contra el suelo le empujé, enviándolo a cinco metros, hecho un ovillo”.
“¿Resultó gravemente herido?”, preguntó el grabador.
“Todos los sitios donde le golpeé: el hombro, la mano, la pierna, quedaron amoratados”. Después de un momento de silencio, el joven continuó: “Durante un buen rato no pudo siquiera levantarse del suelo”.
“¡Qué horror!”, exclamó el artesano. “Naturalmente, le habrán reprendido”.
“Desde luego, me ordenaron marcharme inmediatamente y no volver hasta nuevo aviso”.
“Comprendo”, dijo pensativo el grabador. “Pero seguramente le perdonará”.
“Creo que no, pues ya han pasado cien días desde aquello y no he vuelto a saber nada de él. Me han dicho que todavía está muy enfadado conmigo, y piensa que soy demasiado arrogante. No, dudo mucho que me perdone.”. “¡Ah! – murmuró el maestro-. Mejor habría sido no intentar enseñar karate al Hanshu…, hubiera sido mucho mejor que ni yo mismo aprendiera karate”.
“Eso es una insensatez”, dijo el artesano. “En la vida de todos los hombre hay altibajos. Pero, aunque ya no le enseñe karate, por qué no lo hace conmigo?”, añadió.
“No”, dijo Matsumura conciso. “Ya no enseño karate. De todas formas, ¿por qué un hombre de su experiencia querría estudiar conmigo?”. - Matsumura estaba en lo cierto, el grabador tenía una gran reputación de experto karateka, tanto en Naha como en Shuri.
“Quizá haya más de una razón, pero francamente, siendo curiosidad por saber cómo enseña karate”.
¿Había algo en su tono de voz que molestó al joven? ¿Era una arrogancia pedir al profesor de Hanshu que enseñara a un artesano? Ofendido, Matsumura contestó irritado: “¡No insista! No lo volveré a repetir. ¡No quiero enseñar karate!”.
“Entonces”, dijo el grabador menos educadamente que al principio. “Si se niega a enseñarme, ¿se negaría también a combatir?”.
“¿Qué dice”, exclamó Matsumura incrédulo. “¿Quiere combatir conmigo? ¿Conmigo?, repitió.
“Exacto, ¿por qué no? En un combate no hay distinciones de clase. Más aún, si ya no eres profesor del Hanshu no necesita su permiso para que peleemos. Y puedo asegurarte que cuidaré mis piernas y hombros mejor que él lo hizo”, ahora tanto sus palabras como su tono de voz podían calificarse de insolentes.
“Sé que es un buen karateka, aunque no tengo idea hasta qué punto, pero ¿no cree que ha ido demasiado lejos? No se trataría de un juego, sería una cuestión de vida o muerte. ¿Está preparado para morir?”.
“¡Lo estoy!”, contestó.
“Entonces me hará feliz complacerle”, dijo Matsumura.
“Nadie puede conocer el futuro, pero hay un viejo refrán que dice: si dos tigres pelean, uno resultará herido, pero el otro morirá. Así que, tanto si gana como si pierde no regresará a casa ileso. La hora y el lugar las dejo a su elección”, concluyó Matsumura.
El grabador sugirió las cinco de la madrugada de la mañana siguiente y Matsumura aceptó.
El patio del palacio Kimbu fue el lugar elegido, situado detrás del de Tama.
A las cinco en punto, los dos hombres se encontraron frente a frente, separados unos 19 metros. El grabador hizo el primer movimiento, cerrando a medias sus puños, lanzó el izquierdo en posición gedan, mientras que el derecho permaneció a la altura de la cadera. Matsumura, levantándose de la roca donde se sentaba, se enfrentó a su oponente adoptando la posición natural (shizen tai), con la barbilla apoyada en su hombro izquierdo.


Desconcertado por la postura de su adversario, el artesano se preguntaba si habría perdido el juicio, ya que aquella posición no parecía ofrecer ninguna posibilidad de defensa. Así que se preparó para lanzar el primer ataque. En ese preciso momento Matsumura abrió los ojos y miró profundamente a su contrario. Este cayó hacia atrás, empujado por lo que sintió como un rayo de luz. Matsumura no movió un músculo, permaneciendo de pie, en su sitio, aparentemente indefenso.
El sudor bañaba su frente y sus axilas. Su corazón latía aceleradamente. Se sentó en una roca cercana y Matsumura hizo lo mismo.
“¿Qué me está pasando?, murmuró el grabador para sí mismo. “¿Por qué todo este sudor? ¿Por qué mi corazón late tan ferozmente? Si aún no hemos intercambiado ni un solo golpe…
Entonces escuchó la voz de Matsumura: “¡Eh, vamos! ¡Está amaneciendo! ¡Sigamos!”.
Ambos se levantaron y Matsumura se colocó en la misma postura anterior. El grabador, por su parte, decidido a finalizar esta vez su ataque, avanzó hacia su oponente, 3 metros, y allí se detuvo, incapaz de continuar, inmovilizado por la fuerza intangible que emanaba de los ojos de Matsumura. Sus propios ojos perdieron el brillo, fascinados por el resplandor de los de Matsumura. Al mismo tiempo, incapaz de apartar su vista de la de su oponente. Sabía que si se movía ocurriría algo terrible.
¿Cómo librarse de este hechizo? Repentinamente dio un grito, un kiai que sonó como un latigazo y retumbó a través del cementerio, siendo devuelto por el eco de las colinas próximas. Pero Matsumura permaneció inmóvil. Ante esto, el grabador retrocedió de nuevo espantado.
El maestro Matsumura sonrió: “¿Qué ocurre? ¿Por qué no atacas? No puedes pelear sólo con gritos”.
“No entiendo”, contestó. “Nunca había perdido un combate. Y ahora…”. Después de un momento de silencio levantó la cabeza y dijo a Matsumura: “Si, continuemos. El resultado del combate ya está decidido, lo sé, pero finalicémoslo. Si no fuese así perdería mi dignidad y antes prefiero morir. Te advierto, voy a atacarte con un sutemi (lo cual indicaba su deseo de luchar hasta el final)”.
“Bien”, contestó Matsumura. “Adelante”.
“Entonces te pido que me perdones”, dijo el artesano iniciando el ataque, pero en ese preciso momento, de la garganta de Matsumura surgió un grito que al grabador le sonó como un trueno. De la misma forma que la energía de su mirada lo había inmovilizado, el atronador grito de Matsumura lo paralizó. El artesano descubrió que no se podía mover, realizó un último y febril intento de comenzar el ataque, cayendo indefectiblemente al suelo, derrotado. Unos metros más allá, la cabeza de Matsumura se le apareció al postrado grabador nimbada por el sol naciente, como la de un antiguo dios exterminador de dragones y demonios.
“¡Me rindo!”, gritó el pobre artesano. “¡Me rindo!”.
“¡Qué!”, exclamó Matsumura, “esa no es la forma de hablar de un karateka”.
“¡Fue una locura desafiarte!”, dijo el grabador levantándose del suelo. ¡El resultado era obvio desde el primer momento. Me siento avergonzado. No hay punto de comparación entre tu saber y el mío”. “Nada de eso”, replicó Matsumura gentilmente. “Tu espíritu de lucha es excelente, y creo que posees un gran nivel de conocimiento. Si lucháramos ahora, me podrías vencer perfectamente”.
“Me adulas”, dijo el grabador. “El hecho es que me sentí absolutamente indefenso cuando te miré. Quedé tan espantado ante tus ojos que perdí totalmente el espíritu de lucha que tenía”.
La voz de Matsumura se tornó más suave cuando dijo: “Tal vez la diferencia entre nosotros estaba en que, mientras tú estabas decidido a ganar, yo lo estaba a morir si perdía. Esa fue la verdadera diferencia”.
“Escucha”, continuó. “Cuando ayer entré en tu tienda me sentía desgraciado porque el Hanshu me había reprendido. Cuando me desafiaste estaba preocupado por eso, pero una vez que me decidí a combatir todas mis preocupaciones desaparecieron repentinamente. Me di cuenta que estaba obsesionado por cosas sin importancia – con detalles técnicos, con la forma de enseñar, con adular al Hanshu -. Estaba preocupado por mantener un puesto”.
“Hoy soy un hombre más sabio que ayer. Soy un ser humano y como tal, una criatura vulnerable e imperfecta, después de morir regresaré a los elementos – a la tierra, el agua, el fuego, el viento, el aire -. La materia es ilusión. Todo es vanidad. Somos como la hierba, cómo los árboles del bosque, creaciones de Universo y el espíritu del Universo ni vive ni muere. La vanidad es el único obstáculo para la vida”.
Diciendo esto, guardó silencio. El grabador también permaneció callado, reflexionando sobre la lección que había recibido. A partir de entonces, cuando contaba esta historia a sus amigos, siempre describía a su oponente como un hombre verdaderamente grande.
Por lo que respecta a Matsumura, pronto recuperó el puesto de instructor personal del jefe del clan, el Hanshu.

Extraído del libro ‘Karate Do. Mi camino’ del maestro Gichin Funakoshi.


(*) Hanshu: Jefe del clan de la aristocracia de los territorios feudales, que floreció durante el periodo Edo.

viernes, 26 de febrero de 2016

EL CARNICERO Y EL SABIO

"Antiguamente, la faena de carnicero en oriente era considerada ruin y esta es la historia de un carnicero."

 Un carnicero vivía profundamente infeliz a causa de su ínfima ocupación. Todo el mundo le desdeñaba, maltratándole y ofendiéndole. Decidió visitar a un sabio conocido en todo el país para pedirle consejo. Éste le acogió afablemente y le reaseguró de que no había nada malo en ser carnicero y que, al contrario, tenía que sentirse orgulloso de su faena. También le dijo que él mismo también había hecho un examen para acceder al ministerio, pero había sido suspendido. Sin embargo por esto no se desalentaba. Contrariamente a lo que se hace, es nuestro deber trabajar llevando a cabo nuestras faenas con entusiasmo. Aconsejó pues el carnicero de que bendijera a los clientes con frases de auspicio y de bienaventuranza, incluso cuando éstos le tratasen mal. El carnicero siguió el consejo del sabio y, en poco tiempo, alcanzó un éxito estrepitoso. Sus modales gentiles y sus bendiciones persuadieron a la gente de que su carne llevaba buena suerte y que, incluso, podía curar enfermedades, por lo que los clientes empezaron a llegar hasta de otras provincias para comprar su carne. El carnicero se hizo riquísimo.


 Un día, paseando por el mercado, se topo con el sabio Maestro el cual, sentado en un puesto, vendía sus propios libros. Arrodillándose ante el artífice de su fortuna, le preguntó qué estuviera haciendo en ese lugar. El sabio dijo que había vuelto a intentar el examen sin lograr aprobar. Debido a que su familia estaba cayendo en la pobreza se había decidido a vender todos sus preciados libros para poder sobrevivir. El carnicero, consternado, replicó que, de haberlo sabido le habría por supuesto ayudado, ya que el dinero ya no era un problema para él. Fue así que, gracias a la ayuda del carnicero, el sabio, liberado de las preocupaciones del sustentamiento logró superar el examen para acceder a funciones públicas.
 Al cabo de unos años el sabio, ahora primer ministro, llegaba a la ciudad escoltado por sus soldados. Enterándose del hecho, el carnicero intentó acercarse a su Maestro y amigo llamándole de entre el bullicio para saludarle.

 Seguro de que el ministro le había visto, no se sorprendió por no haber sido recibido ante toda la multitud, ya que era consciente de que todavía era sola y simplemente un carnicero. Sin embargo, decidió visitar al amigo ministro más tarde, en el castillo, en la esperanza de poder finalmente coronar sus tres grandes sueños: hacer estudiar a su hijo, hacer vivir a su mujer como una respetable dama y librarse de la maldita faena de carnicero para siempre. Se dirigió pues al castillo del primer ministro para pedir audiencia, pero los guardias no le dejaron entrar. Sorprendido, recomendó a los centinelas de que refirieran al ministro de que su amigo el carnicero estaba esperando, dejando bien claro que le mencionaran su nombre y apellido. No obstante los soldados no solo no le dejaron entrar, sino que le echaron a patadas, amenazándole con que le arrestarían si volvía a presentarse. Incidentalmente, añadieron que el ministro afirmó no haber nunca oído ese nombre.

 Incrédulo y desconcertado, el carnicero volvió a su casa. Pero una vez llegado se encontró ante la sorpresa de ver su casa totalmente quemada y arrasada. Los vecinos le dijeron que había sido obra de los soldados del ministro y que probablemente su familia había muerto en el incendio. En aquel momento el odio y el rencor se apoderaron del carnicero al punto de llevarle a jurar venganza, a dedicar todas sus fuerzas para poder hacer justicia. Empezó entonces un camino hecho de durísimas pruebas para ser aceptado como discípulo de la más dura escuela de Artes Marciales de oriente y tras años de entrenamiento, humillaciones, privaciones y sacrificios increíbles sustentado únicamente por el poder del odio hacia su enemigo, se volvió invencible. Expertísimo en el arte de la guerra y de la estrategia, se convirtió en Maestro de espada, de lucha y de armas sin rivales.


 Fuerte de sus largos años de duro estudio y ejercicio realizados sólo por odio, volvió al castillo del primer ministro. Pidió audiencia de nuevo pero nuevamente fue rechazado. A este punto desenvainó la espada y se enfrentó a los soldados, que derrotó con facilidad pudiendo así llegar hasta la habitación del ministro. Con la espada mantenida alta sobre su cabeza, el carnicero de un formidable salto se acercó al ministro que estaba sentado inmóvil. Con ademán amenazante el carnicero sentenció entonces: "¿Ahora te acuerdas de mí?”Soy tu amigo el carnicero, he venido a tomar tu cabeza en signo de venganza." Sin embargo, el ministro, en lugar de temblar de miedo, sonrió contento y dijo: "Antes de matarme escúchame, este es el momento que he esperado desde hace muchos años, cuando te conocí solo eras un infeliz carnicero; ahora entras en mi casa como invencible Maestro, durante largos años me privé de tu amistad para verte crecer  hasta este punto." Seguidamente batió las manos dos veces. Una puerta corredera se abrió dejando entrar en la habitación un joven culto y apuesto el cual se arrodilló ante el carnicero llamándole "Padre". Salió a continuación una mujer elegante y cuidada que, vertiendo lágrimas de felicidad le llamó "Marido." Aturdido, el carnicero preguntó: "¿Cómo es posible?, tú destruiste mi familia cuando arrasaste mi casa hace años." El ministro le contestó mostrándole que ahora sus tres sueños estaban ahora coronados. El joven hijo había podido estudiar y la mujer había podido vivir como una dama y convertirse en una de ellas. Pero sobre todo, él, el carnicero, gracias al odio que le había motivado durante todos esos años, ya no era un carnicero, sino que se había convertido en un gran maestro de armas.


 Incrédulo el ex - carnicero lograba comprender lo sucedido solamente entonces. El primer ministro había constantemente tenido en cuenta sus anhelos y había hallado la manera de transformarlos en realidad. No le había regalado una nueva profesión, sino que, cosa mucho más importante, le había proporcionado la fuerza para crearse una por sí mismo.

 El equilibrio entre el amigo y el enemigo.

 Maestro Shin Dae Woung.

miércoles, 24 de febrero de 2016

UN CAMINO DE MIL MILLAS EMPIEZA CON UN PRIMER PASO...

A modo de presentación:
Le damos la bienvenida a nuestro blog sobre filosofía y sabiduría oriental. La idea de crearlo ha sido por y para el beneficio de la ética del Kung Fu y de las artes marciales. Esperamos, a través de nuestras líneas, informar de manera clara y coherente a todos nuestros lectores y seguidores y espero que sea de vuestro agrado, de lo contrario también es conveniente decir que estamos abiertos al debate. Somos un grupo trabajador, por lo que creo conveniente decir que lo que aquí en un futuro se expondrá es fruto y producto del tiempo de nuestro trabajo, por ello pedimos respeto y dejamos la puerta abierta a cualquier corrección y aclaración. Sabemos ser agradecidos, pues la educación se nos dio para gastarla, pero no inclinamos la cabeza ni rendimos pleitesía a nadie. Por último, quisiera dar las gracias a todas aquellas personas que desinteresadamente luchan por mantener viva nuestra asociación, la Asociación de Kung Fu / Wu Shu Dragón Rojo y a todos aquellos que nos apoyan en nuestra incesante lucha.


Reciban un cordial saludo.
Juan Manuel Ortega Pacheco
Presidente de la AKWDR.